Küse chiwon pantonü
El Espíritu de la yuca
Esta versión es de Jesús Ramón Lezama -nacido en Kamarata, residenciado en Manak-krü-, contada por José Fernández, de Avatei, en San Pedro de Kukenán, Kamarakoto y taurepán, Fue traducida por Josefina Delfino, de Santa Lucía de Inaway.
- Quiero empezar de esta manera: hay una creencia que nosotros los pemón tenemos y se trata del küse chiwon (el espíritu de la yuca), que se refiere a lo que son los productos de la tierra: ají, batata, mapuey, yuca dulce, y todo lo demás.
Y ésta es la historia. Se trata de una viejita que vivía en los conucos. - Había un hombre que taló, quemó y sembró un conuco. Iba todos los días a verlo, preocupado porque ya estaba creciendo mucha maleza. Una madrugada salió con la idea de cazar y pescar para luego llegar al conuco, pero cuál no fue su sorpresa, pues al llegar vio que había una parte desmalezada; alguien había hecho este trabajo.
–¿Quién habrá limpiado mi conuco? Nadie ha venido por aquí. - Otro día volvió a ir, y encontró nuevamente desmalezada otra parte del conuco; al mediodía regresó a su casa pensativo, pero no le contó nada a su mujer.
- Decidió salir de madrugada, al primer canto del gallo; salió a cazar pavas. Esta vez llegó mucho más temprano que de costumbre, y encontró a la anciana limpiando el conuco.
- –¡Pobre! ¡Si era una abuelita la que limpiaba mi conuco y no lo sabía! Regresó a su casa con lo que cazó; comió y quedó aún más pensativo: –¿Cómo podré recompensar a esta viejita? ¿Qué podré hacer por ella?
- Se acostó pensando en estas cosas y su mujer seguía sin saber nada. Pensó: –iré sin que se entere mi mujer, iré donde la abuelita que limpia mi conuco.
- Volvió a salir de madrugada, los paujíes cantaban y alzaron el vuelo. Se acercó más a ellos y mató dos; luego fue donde la abuelita. Llegó y ella no estaba, pero él se quedó y al voltear la cabeza, logró verla de nuevo.
- Y entonces pensó:
–¡Pobrecita! ¿Qué podré hacer por ella? Le entregaré estos paujíes.
Y fue donde ella estaba. - –Abuela, ¿qué haces? –le dijo.
–Estoy aquí en mi conuco –le respondió; ella lo consideraba suyo porque era de allí, vivía allí, porque ella misma era la esencia, la generadora, el espíritu de las matas de yuca, de ñame, de mapuey, de caña, de ají, de todo lo que la tierra produce. - –Ah, qué bueno, yo estoy por aquí, ¿quieres comerte este paují? –dijo el hombre.
–No, joven, yo no como eso, no como presa.
–¿Entonces qué quieres?
–Nada –contestó. - Él se regresó pensando: –¿Qué será lo que ella quiere? Se acostó, y al amanecer, como ella no había querido comer paují, pensó: –¿Será que mato una gallina de monte o una pava?
Decidió cazar varias pavas.
Volvió a ir; él trataba de inspirarle confianza. Ya ella tenía un buen pedazo limpio. - –¿Estás aquí, abuela?
–Aquí estoy.
–¿Quieres presa? Maté una pava.
–No, yo no como pava.
–Te lo estoy ofreciendo.
–No, yo no como eso.
–Bueno, entonces me voy –dijo él. - Así lo hizo; regresó triste.
–¿Qué puedo hacer?
En la tarde fue, pensando en todo tipo de cacería pero no cazó nada, ni venado montañero, ni danto, ni acure, ni venado sabanero.
Decidió ir a pescar y salió a la medianoche, más temprano que de costumbre. Pescó muchos bagres, cuchillas, y en la mañanita pescó sardinas. - Volvió a ir con la abuela.
–Vine otra vez, abuela. Fui de pesca, ¿quieres algo de esto? –preguntó él–, traje bagres para que prepares caldo y te lo tomes.
–No, yo no como pescado.
–¿Y sardina?
–No.
–¿Y cuchilla?
–No.
–No, yo no como presa –dijo ella.
–¿Qué quieres entonces?
–Nada. - Regresó pensativo y se lo contó a su mujer.
–No sé quién es la señora que está allá en el conuco, es una viejita. Cacé paují y se lo llevé, cacé pava, carne de cacería, pesqué y le llevé bagres, sardinas, aguadulces, pero no aceptó.
Necesito que me ayudes.
–¿Cómo?
–Prepara kachirí, quizás sea eso lo que ella quiere.
–Está bien, lo haré.
–Mientras lo preparas, le llevaré casabe. - En la mañana fue y le dijo:
–Abuela, estoy aquí.
–¡Ah!, ¿viniste? Estoy aquí porque, como dije, yo soy de aquí.
–Abuela, te traje un pedazo de casabe porque pensé que tenías hambre.
–No, hijo, a mí no me da hambre, estoy tranquila. ¿por qué?
–No, nada.
En vista de que tampoco tomó el casabe se fue pensando:
–¿Qué querrá la abuela? - Pero llegó el día en que el kachirí estuvo ya fuerte, bien fermentado, y pensó:
–Le voy a llevar esta bebida, tal vez sea eso lo que ella quiere.
La encontró; él llevaba la taparita con el kachirí.
–Llegué, abuela.
–¿Otra vez? –ya el conuco estaba limpio.
–Aquí te traje esto, pensando que querías tomar agua. ¿Quieres tomar?
–Si, dame un poquito para probar. - Le sirvió y ella bebió, y dijo:
–Hijo, esto es lo que soy, esto es lo mío, soy la bebida hecha con batata, con yuca, sea amarga o dulce, soy la savia del ñame, del mapuey, yo soy todo eso.
–Bueno, esto fue lo que te traje. - A ella le gustó. Él regresó y le contó a su mujer:
–Lo que quería la abuelita era una bebida, y yo no sabía. Allá está. Prepara más kachirí pero más fuerte, para ir a verla.
Cuando el kachirí estuvo en su punto más fuerte sirvió el sukú(1).
–Se lo voy a llevar, voy antes que tú -le dijo a su mujer, porque a ella aún no la conocía–.
Tú vas después. - Entonces fue antes que su mujer, llevó el kachirí más fuerte en una tapara más grande. Fue antes que su mujer, pero no le sirvió a la abuelita sino que le dejó la tapara ahí, porque él sabía que ella sentía vergüenza. Se fue y dejó la tapara, el kachirí estaba bien fuerte; ahí se lo dejaron, a la espera de que se embriagara. Se alejaron del conuco; al mediodía se asomaron sigilosamente y la vieron bebiendo. Ella no se dio cuenta. Se alejaron de nuevo, esperando encontrarla borracha, dormida, para agarrarla y llevársela. Un poco más tarde se asomaron nuevamente, a escondidas. La viejita bebió sin pensar en las consecuencias, asperjó el kachirí con la boca, y entonces se invocó:
- –¡Para que la cosecha sea buena y abundante! ¡Para que la gente tenga yuca, tenga batata, tenga yuca dulce, tenga ocumo, tenga ñame, tenga ocumo morado! –dijo. Y así pidió muchas cosas, para convertirse en eso y quedarse allí.
Ellos no le sirvieron, ella misma bebió, y como vieron que se caía fueron a ayudarla. La mujer fue inmediatamente a darle aviso a su madre de la presencia de la anciana.
–No sé quién será la viejita que está allá emborrachándose –dijo la esposa.
–¿Será küse chiwon? –preguntó la madre.
–Vamos a verla. - Ya estaba borracha, se tambaleaba cuando llegaron la madre y la hija; se acercaron a ayudarla, y al tratar de sujetarla se soltaba y forcejeaba y se caía de un lado a otro. Y ahí estuvo arrastrándose mientras ellos trataban de sujetarla para llevársela a su casa, pero no pudieron.
- Se convirtió en un gran remolino, ahí mismo, en el centro del conuco que ella había limpiado. Así fue como se libró de ellos. Cayó ahí en forma de piedra, del tamaño de un ñame.
- Ella, en su embriaguez, había revelado lo que era:
–¡Yo soy del conuco, yo soy de aquí! ¡Me embriagaré para quedarme aquí! ¡Asperjaré el kachirí para estar en el conuco! Yo soy la esencia del conuco de la gente! ¡Soy la esencia de la tierra, soy ñame, soy yuca, soy yuca dulce, soy todo!
Se convirtió en piedra delante de ellos. Ellos la vieron y la dejaron en el conuco. Por eso ella es el espíritu de la yuca, de la tierra, se llama küse chiwon, y es la esencia de todo, hasta del ají. - Los pemón creen en ella. Escuché que mi papá creía en ella. Quedó como leyenda y por eso, cuando hay kachirí fuerte, lo sirven en una taparita y se lo llevan a Akuwamari, lo dejan en medio del conuco para que se embriague sola, porque así lo hizo ella antes. Dejan la taparita allí, y sin que nadie se la hubiese bebido, aparece vacía. Eso decía mi papá.
Eso es lo que los pemón llevan porque realmente creen en eso, en que ella es la esencia de la tierra y de la yuca.
Por eso, para no pasar hambre, para que haya abundancia de yuca, hay que asperjar con la boca el kachirí sobre las matas.
Notas:
(1) Una vez asentado el kachirí queda la masa en el fondo; el líquido se llama sukú.
Resumen:
Es una viejita a la que nombran de varias maneras: Sewai, Akuwamarí… que vive en los conucos y a quien le gusta que le brinden kachirí.
La historia comienza cuando un padre abandona a sus dos hijos y los deja solos en el bosque. Ellos recogen frutas silvestres pero pronto se les acaban las provisiones. Entonces un día la viejita se le apareció a la hermana y le pregunta que por qué están solos, la niña le cuenta que fueron abandonados, y la viejita le da cambur, una ración de casabe, todo en pequeñas cantidades. Al acabárseles esto, vuelve a aparecer Akuwamarí, pero en esta ocasión les lleva más cantidad de comida, y finalmente los lleva a su conuco, que era enorme, y tenía todo tipo de cultivos. El muchacho aprende a hacer conuco y la muchacha a sembrar.
La anciana les indica cuáles plantas pueden tener, y les da a conocer sus nombres. Esta historia enseña que al momento de sembrar los cultivos se le debe cantar a Akuwamarí y ella, en recompensa, hace que las cosechas sean abundantes y buenas. Se dice que por ella los pemón aprendieron a diferenciar los distintos tipos de yuca y también les enseñó a hacer casabe. Asimismo, se cree que fue ella la que enseñó a sembrar y hacer conucos a los pemón, cambiando su modo de vida: de la recolección al cultivo.
Referencia Bibliográfica:
CVG EDELCA (2008). El Espíritu De La Yuca Y Otros Cuentos. Caracas,
Venezuela: CVG – Electrificación del Caroní (EDELCA)
